El colesterol es una grasa que se encuentra en la sangre. Esta grasa o lípido es de dos tipos, el colesterol LDL o colesterol "malo" y el colesterol HDL o colesterol bueno".
El colesterol no es en sí mismo "malo". Habitualmente hablamos de colesterol "bueno" y "malo" para distinguir las dos clases más fácilmente y para poder explicar mejor cómo actúa cada uno de ellos en nuestro organismo, pero ambos son imprescindibles para el cuerpo, y ninguno es perjudicial siempre que los valores estén equilibrados.
Imagina una cañería. Esta cañería son las arterias por las que circula la sangre. En esta sangre se encuentran unas partículas de grasa llamadas "colesterol" y que se dividen en dos grupos. El grupo LDL tiene tendencia a quedarse depositado en las paredes de las arterias, pero el grupo HDL actúa como si fuese un "ejército de barrenderos", así que van "barriendo" las partículas LDL que encuentran a su paso, limpiando las arterias. Cuando el grupo LDL se vuelve más numeroso que el HDL, éste último no puede hacer bien su tarea de limpieza, así que se van quedando restos en las arterias. Entonces, si no hacemos que los niveles vuelvan a estar equilibrados lo antes posible, se irá creando una capa cada vez más gruesa en el interior de la arteria, estrechándola poco a poco. Y como le ocurriría a una cañería obstruida, puede llegar un momento en que ni la sangre ni el oxígeno puedan pasar por ella, produciéndose una enfermedad cardiovascular. El problema es que no da síntomas (no duele), por lo que una persona puede estar sufriendo la obstrucción paulatina de sus arterias y no darse cuenta hasta que el daño ya está hecho. De ahí que sea imprescindible detectarlo lo antes posible con controles periódicos.