La prevalencia de hipercolesterolemia en la población española es elevada. Distintos estudios realizados en España observan que aproximadamente el 50% de los adultos presenta colesterolemias superiores a 200 mg/dl, nivel máximo consensuado por las sociedades europeas para la prevención de la enfermedad coronaria. De este modo valores inferiores a esta cifra se consideran en el rango de la normalidad. De forma más concreta, atendiendo a las distintas lipoproteínas plasmáticas, como norma general, se considera que los valores de colesterol LDL deben ser inferiores a 100-130 mg/dl, mientras que los niveles de colesterol HDL deben ser superiores a 35 mg/dl.
El colesterol es un componente imprescindible para el mantenimiento de la vida, forma parte de las membranas de las células, además de ser el precursor de muchas otras moléculas esenciales como algunas hormonas. Sin embargo, cuando hay un exceso de colesterol el principal riesgo es la aterosclerosis. Así, se ha demostrado que la reducción de los niveles de colesterol LDL retrasa e incluso revierte la progresión de las placas ateroscleróticas y disminuye la morbimortalidad por enfermedad cardiovascular.
Cuando aumentan los niveles de colesterol LDL (la lipoproteína plasmática que transporta la mayor parte del colesterol en la sangre), así como la vida media de estas lipoproteínas, en el plasma, puede ocurrir su oxidación. Cuando se acumula masivamente el colesterol y se oxida, los macrófagos, que poseen un receptor específico de LDL oxidadas, captan estas lipoproteínas y se transforman en células espumosas, que al depositarse en las paredes de los vasos inician y potencian la formación de las placas de ateroma. Estas placas, que también contienen otras sustancias como fibrina o desechos celulares, pueden bloquear total o parcialmente el flujo de sangre a través de la arteria. Si se produce un bloqueo total de una arteria coronaria o cerebral puede producirse un infarto cardíaco o un accidente cerebrovascular. La aterosclerosis afecta principalmente a arterias de tamaño grande y mediano, aunque el lugar donde se producen las placas dependerá de cada persona. Se trata de un proceso lento, que puede iniciarse en la infancia, y en algunos casos avanza rápidamente en la tercera década de vida. En muchos otros casos no resulta un problema preocupante hasta alcanzar los 50-60 años de vida.
El colesterol elevado es uno de los principales factores de riesgo modificables de las enfermedades coronarias y cerebrovasculares. Las medidas para reducir los niveles de colesterol van desde el seguimiento de un plan dietético orientado a una menor ingesta de colesterol, así como al establecimiento de una pauta de ejercicios que conduzca a una mayor actividad física, en el caso de las hipercolesterolemias moderadas (de 200 mg/dl hasta 240 mg/dl), hasta tratamientos más agresivos en el caso de hipercolesterolemias graves (en torno a los 240 mg/dl), que están orientados a inhibir, mediante medicamentos, la síntesis endógena de colesterol (mediante la administración de estatinas) y a disminuir su absorción en el tracto digestivo (resinas que atrapan colesterol). Por otra parte, también existen remedios naturales para disminuir los niveles de colesterol, que además no presentan el riesgo tan elevado de ocasionar los efectos adversos de los principios activos farmacológicos, como es el caso de los fitoesteroles vegetales.
Cabe destacar, por otra parte, que también existe, en contraposición al colesterol LDL, el denominado colesterol "bueno", que corresponde al que está presente en las lipoproteínas HDL. El efecto cardioprotector de las lipoproteínas de alta densidad (HDL) se explica porque estas lipoproteínas permiten el transporte reverso del colesterol desde los tejidos y las paredes arteriales hasta el hígado, para su excreción, y por tanto favorecen la regresión de las placas de ateroma. Las HDL, además, tienen otros efectos potencialmente antiaterogénicos, además de su participación en el transporte inverso del colesterol. Entre ellos cabe destacar su efecto antioxidante, que inhibe la oxidación de las LDL, por lo que podrían interferir con la internalización del colesterol y formación de células espumosas. Así, los incrementos plasmáticos de colesterol HDL contribuyen significativamente tanto a una disminución en la incidencia como en la progresión de enfermedad cardiovascular, e incluso algunos autores consideran que unas cifras bajas de HDL pueden ser más predictivas de riesgo de enfermedad cardiovascular que unas altas de colesterol LDL.